La gente ya no conversa: administra versiones de sí misma

 

Hay algo extraño pasando en internet.

Cada vez hablamos menos como personas y más como perfiles cuidadosamente editados.

Las opiniones se redactan pensando en cómo van a ser interpretadas.
Las fotos se publican imaginando reacciones.
Las ideas se acomodan para evitar castigos invisibles:

  • perder aprobación,
  • quedar afuera,
  • ser malinterpretado,
  • volverse viral por las razones equivocadas.

Entonces aparece una forma rara de autocensura cotidiana.

No necesariamente política.
Más bien emocional.

Una administración permanente de identidad.

La gente aprende:

  • qué mostrar,
  • qué ocultar,
  • qué ironizar,
  • qué exagerar,
  • qué callar.

Y lentamente la espontaneidad empieza a parecer peligrosa.

Tal vez por eso muchas conversaciones online se sienten artificiales incluso cuando son intensas.

Hay interacción.
Pero no necesariamente honestidad.

Las plataformas transformaron la comunicación en representación.

Uno ya no habla solamente con otra persona.
También habla:

  • con el algoritmo,
  • con posibles espectadores,
  • con futuras capturas de pantalla,
  • con audiencias imaginarias.

Cada publicación deja de ser únicamente expresión.

También se vuelve estrategia.

Y eso modifica algo profundo:
la sensación de intimidad.

Porque la intimidad necesita cierto margen de imperfección.
Necesita contradicción, ambigüedad, cambios de opinión.

Pero internet recuerda demasiado.

Las plataformas premian coherencia constante, posicionamientos rápidos y personajes fácilmente reconocibles.

Entonces muchas personas terminan atrapadas dentro de versiones simplificadas de sí mismas.

Una especie de personaje portátil optimizado para circular socialmente.

Y quizás por eso algunas de las conversaciones más reales hoy ocurren:

  • caminando,
  • en autos,
  • de madrugada,
  • lejos de cualquier pantalla.

Como si la autenticidad necesitara espacios donde no haga falta performar permanentemente.

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