El trabajo muerto
De los telares de Manchester a la cristalización del código
Hay una frase que circula en conversaciones de economía, en editoriales de diarios, en discursos de inauguración de parques industriales y en los informes anuales de las corporaciones tecnológicas más grandes del planeta. La frase dice, con variaciones menores según quien la pronuncie, que la tecnología es el gran igualador. Que democratiza el acceso. Que reduce costos. Que libera al trabajador de las tareas repetitivas para que pueda dedicarse a lo que realmente importa. Que es, en última instancia, un bien común.
Es una frase muy cómoda. Y como la mayoría de las frases cómodas, contiene suficiente verdad superficial para que sea difícil rebatirla en una conversación de sobremesa, y suficiente falsedad estructural para que valga la pena tomando el trabajo de desarmarla.
El problema no es que la tecnología no haga nada de lo que esa frase dice. El problema es lo que la frase omite: de quién es la tecnología, quién decidió construirla, quién la controla, y en beneficio de qué intereses opera.
David Ricardo lo vio antes que nadie, en los albores mismos de la economía política, cuando las fábricas de Manchester todavía eran una novedad histórica. Ricardo entendió que la maquinaria no es un agente neutral. Es capital fijo. Es conocimiento humano acumulado, trabajo de generaciones anteriores, horas de diseño, experimentación, error y corrección, congeladas en metal —o en código— y convertidas en propiedad de quien pudo financiar su construcción.
Karl Marx llevó ese análisis más lejos y le dio un nombre que todavía incomoda a quienes prefieren no pensarlo: trabajo muerto. La máquina es trabajo muerto. Es la cristalización del esfuerzo de trabajadores pasados, expropiada por el capital y reactivada para disciplinar al trabajo vivo presente. La máquina no produce valor por sí sola —eso es crucial, y es el punto donde la economía vulgar se equivoca consistentemente— sino que transfiere el valor que fue acumulado en ella. Y lo transfiere, sistemáticamente, hacia quien la posee.
Eso era cierto con el telar mecánico. Es cierto con el algoritmo de optimización logística. Es cierto con el modelo de lenguaje grande entrenado con décadas de escritura humana digitalizada. La forma cambió. La lógica no.
Robert Solow ganó el Premio Nobel de Economía en 1987, en parte por un modelo que intentaba explicar el crecimiento económico de largo plazo. El modelo de Solow es elegante y tiene el defecto de toda elegancia forzada: simplifica exactamente lo que más importa. En su formulación original, el progreso tecnológico entraba a la ecuación como un residuo —lo que queda después de contabilizar capital y trabajo— y ese residuo era tratado como un bien caído del cielo. Exógeno. Gratuito. Disponible para todos por igual.
Los economistas heterodoxos tardaron décadas en convencer a la profesión de que esa suposición era absurda. La tecnología no cae del cielo. La financia alguien. La desarrolla alguien. La patenta alguien. La despliega alguien. Y ese alguien cobra por el acceso a ella, controla las condiciones de su uso, y acumula ventajas competitivas que se componen en el tiempo de forma exponencial.
El residuo de Solow no era un regalo. Era trabajo muerto disfrazado de naturaleza.
La Tecnoestructura moderna y la expropiación del eco humano
John Kenneth Galbraith, escribiendo desde los años sesenta y con una claridad que sus colegas de la academia nunca le perdonaron del todo, tenía un nombre para el conjunto de actores que administra ese capital fijo en el capitalismo maduro: la Tecnoestructura. No los dueños del capital en el sentido decimonónico —el empresario individual, el patrón con nombre y apellido— sino el sistema de planificación corporativa que opera por debajo de la figura visible del CEO, compuesto por ingenieros, administradores, analistas, lobbyists, equipos legales y técnicos que en conjunto toman las decisiones reales sobre qué se produce, a qué precio, bajo qué condiciones laborales y con qué relación hacia el estado.
La Tecnoestructura, decía Galbraith, no opera en el mercado libre. No puede permitirse el lujo de la incertidumbre que el mercado libre implica, porque sus inversiones en capital fijo son demasiado grandes y demasiado lentas para recuperarse. Una fábrica de automóviles que tarda diez años en amortizarse no puede confiar en que el precio del acero lo fije la oferta y la demanda del momento. Un laboratorio farmacéutico que invierte dos mil millones de dólares en desarrollar un medicamento no puede aceptar que el precio final lo determine la competencia. Por lo tanto, la Tecnoestructura planifica. Fija precios administrados. Gestiona la demanda mediante publicidad. Negocia con el estado las condiciones regulatorias que necesita. Y llama a todo eso mercado.
Lo que Galbraith describía en los años sesenta con las corporaciones industriales es hoy, en la economía de plataformas, un sistema mucho más refinado y mucho más total. La Tecnoestructura contemporánea no solo administra precios y gestiona demanda: administra la infraestructura cognitiva sobre la que se desarrollan las interacciones económicas y sociales. Controla los sistemas operativos, las plataformas de comunicación, los motores de búsqueda, los sistemas de pago, las nubes donde corren los servicios, y los modelos de lenguaje con los que una fracción creciente de la humanidad empieza a procesar información y tomar decisiones.
El capital fijo ya no está solo en las fábricas. Está en la arquitectura invisible de la vida cotidiana.
Y ahí es donde el trabajo muerto adquiere una dimensión que ni Ricardo ni Marx ni Galbraith pudieron anticipar del todo, aunque sus marcos analíticos la describen con precisión asombrosa.
Los modelos de inteligencia artificial que hoy constituyen el núcleo del capital fijo más valioso del planeta fueron entrenados sobre el corpus de la producción cultural, intelectual y técnica de la humanidad. Libros digitalizados. Artículos académicos. Código fuente escrito por millones de programadores. Conversaciones, ensayos, traducciones, manuales, foros, enciclopedias colaborativas construidas por voluntarios. Décadas de trabajo humano colectivo, la mayoría realizado sin ninguna expectativa de que algún día sería capturado como insumo de un sistema de entrenamiento corporativo.
Ese corpus es trabajo muerto en el sentido más literal que el término puede tener. Es el esfuerzo acumulado de generaciones de seres humanos, cristalizado en datos, expropiado silenciosamente —en la mayoría de los casos sin consentimiento explícito y sin compensación— y convertido en capital fijo de las organizaciones que tuvieron el dinero y la escala para entrenarlo primero.
El resultado es un sistema donde el trabajo vivo presente compite con la destilación del trabajo muerto de todos los que escribieron, programaron, tradujeron o pensaron antes que él. Y donde los beneficios de esa competencia se acumulan en el polo que posee el modelo.
Esto no es una metáfora. Es la mecánica concreta del mercado de trabajo en 2026.
El comportamiento como cantera y la despolitización de la fórmula
Shoshana Zuboff nombró una dimensión adicional de este proceso que completa el cuadro. En La era del capitalismo de vigilancia, Zuboff argumenta que las plataformas no solo extraen valor del trabajo pasado acumulado en sus modelos. Extraen valor del comportamiento presente de sus usuarios, en tiempo real, como materia prima para la producción de lo que ella llama productos de predicción: mercancías que se venden a terceros que quieren influir en el comportamiento futuro de esas mismas personas.
Lo que el usuario cede cuando usa una plataforma no es solo su atención. Es su conducta. Y su conducta, procesada, modelada y revendida, se convierte en capital fijo para el siguiente ciclo de extracción. El usuario no solo trabaja para la plataforma al producir contenido. Trabaja para la plataforma al comportarse. Cada click, cada pausa, cada ruta de navegación, cada momento de duda antes de una compra, cada reacción emocional medida por el tiempo de permanencia en un video, es trabajo no remunerado que alimenta el modelo y hace más preciso el peaje de la próxima milésima.
Es trabajo muerto en gestación permanente. El capital fijo de mañana se está construyendo hoy con el comportamiento de las personas que usan la infraestructura, sin que esas personas sean propietarias de ninguna fracción del capital que están construyendo.
Hay una pregunta que emerge naturalmente de todo esto y que la tecnoestructura prefiere que no se haga de manera demasiado explícita: ¿quién escribe la fórmula?
No en sentido técnico. En sentido político. ¿Quién decide qué se optimiza? ¿Quién decide qué variable es el objetivo y cuáles son las restricciones? ¿Quién decide que el sistema debe maximizar la retención de usuarios aunque eso signifique amplificar el contenido que genera más respuesta emocional, que resulta ser el más polarizante? ¿Quién decide que el algoritmo de contratación debe optimizar para predicción de rendimiento aunque eso reproduzca los sesgos históricos de quiénes fueron contratados antes? ¿Quién decide que el modelo de crédito debe maximizar rentabilidad del portafolio aunque eso concentre el acceso al capital en los segmentos que ya lo tienen?
Las decisiones sobre qué optimizar son decisiones políticas. Tienen ganadores y perdedores. Distribuyen poder y recursos de formas concretas. Pero cuando esas decisiones están embebidas en un algoritmo, dejan de parecer decisiones políticas y empiezan a parecer resultados técnicos. La fórmula no tiene ideología. La fórmula es eficiente. La fórmula es objetiva.
Esa es la operación cultural más importante que la tecnoestructura realiza: convertir sus elecciones políticas en apariencia de naturaleza. Hacer que el resultado del sistema de planificación corporativa parezca el resultado espontáneo de fuerzas impersonales. Hacer que el "así funciona el mundo" suene como una descripción de la realidad y no como la victoria de un proyecto político específico que lleva décadas consolidándose.
Ricardo vio el capital fijo cuando todavía era metal y madera. Marx vio el trabajo muerto cuando todavía tenía el ruido de los telares. Galbraith vio la Tecnoestructura cuando todavía usa traje y almorzaba en el Club de Economistas de Harvard. Zuboff vio el capitalismo de vigilancia cuando todavía era posible creer que Google era solo un buscador.
Lo que hay hoy es la convergencia de todos esos análisis en un sistema que los integra y los amplifica. El capital fijo es código. El trabajo muerto es datos. La Tecnoestructura es la infraestructura algorítmica global. La vigilancia es la materia prima del siguiente ciclo de acumulación.
Y la frase que dice que la tecnología es el gran igualador sigue circulando, porque es útil que circule, porque hace que la jaula parezca una ventana.

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