La productividad empezó a parecerse a una religión

 

Hay personas que ya no descansan.
Solo “optimizan”.

Optimizan el sueño.
La alimentación.
La atención.
La mañana.
La lectura.
La respiración.

Todo parece necesitar métricas.

Las aplicaciones cuentan:

  • pasos,
  • horas,
  • calorías,
  • enfoque,
  • hábitos,
  • tiempo de pantalla,
  • tiempo sin pantalla.

Incluso el descanso ahora viene acompañado de gráficos.

En algún momento dejamos de hacer cosas porque sí.
Ahora todo necesita justificar su utilidad.

Leer tiene que enseñar algo.
Caminar tiene que despejar la mente.
Dormir tiene que mejorar el rendimiento.
Hacer ejercicio tiene que producir resultados visibles.

Hasta el ocio empezó a sentirse evaluable.

Y tal vez ahí aparece algo extraño:
la sensación constante de estar en deuda con uno mismo.

Como si siempre hubiera una versión más eficiente esperando reemplazarnos.

Las redes tampoco ayudan demasiado.

Internet está lleno de:

  • rutinas imposibles,
  • escritorios minimalistas,
  • agendas perfectas,
  • personas levantándose a las cinco de la mañana para explicar cómo levantarse a las cinco de la mañana.

Todo parece una competencia silenciosa contra el tiempo.

Pero el cuerpo, tarde o temprano, se venga.

Porque una vida completamente optimizada puede funcionar muy bien como sistema.

Aunque no necesariamente como experiencia humana.


Comentarios

Entradas populares