La fatiga de opinar sobre todo


 


Hubo un momento en que tener una opinión implicaba haber pensado algo durante un tiempo.
Hoy alcanza con deslizar el dedo, leer dos titulares y reaccionar antes que el resto.

Las redes transformaron la opinión en reflejo.
Ya no importa demasiado comprender una noticia, sino posicionarse rápido frente a ella. El algoritmo premia la velocidad emocional: indignarse primero, ironizar primero, cancelar primero, resumir primero.

Mientras tanto, la duda empezó a verse como debilidad.

Cada día aparecen:

  • expertos instantáneos,
  • hilos definitivos,
  • análisis terminales,
  • sentencias morales de bolsillo.

Todo parece urgente. Todo exige reacción. Todo pide energía mental.

Y uno termina agotado sin haber pensado realmente nada.

Tal vez el problema no sea la cantidad de información, sino la obligación invisible de participar permanentemente de ella. Como si callar equivaliera a desaparecer.

Pero hay algo extraño en esta época:
nunca hubo tantas opiniones y tan poca reflexión.

Quizás porque reflexionar necesita tiempo.
Y el tiempo es exactamente lo que internet aprendió a destruir.

A veces sospecho que el verdadero lujo contemporáneo no es desconectarse.
Es poder pensar lento sin sentir culpa.

Comentarios