La nostalgia se volvió un producto

 



Cada año aparecen más cosas que intentan parecer viejas.

Cámaras con filtros retro.
Aplicaciones que imitan defectos analógicos.
Vinilos nuevos.
Remakes de películas recientes.
Interfaces minimalistas que fingen simplicidad mientras esconden sistemas absurdamente complejos.

Incluso las marcas empezaron a vender recuerdos de épocas que muchas personas ni siquiera vivieron.

La nostalgia dejó de ser una emoción.
Ahora también es un modelo de negocio.

Tal vez porque el presente se volvió demasiado rápido.
Demasiado inestable.
Demasiado difícil de procesar.

Entonces el pasado empieza a verse cómodo, aunque nunca haya sido realmente mejor.

Hay algo curioso en eso:
cuanto más incertidumbre genera el futuro, más estética produce el pasado.

Y las plataformas lo saben.

Por eso internet está lleno de:

  • colores desaturados,
  • tipografías vintage,
  • cámaras que imitan rollos vencidos,
  • playlists “para sentirse en 2007”,
  • fotografías que intentan parecer recuerdos.

Como si una generación entera estuviera intentando convertir el presente en memoria instantáneamente.

Quizás porque recordar resulta más fácil que imaginar.

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