El nuevo lujo: aburrirse

 

Hubo una época en la que aburrirse era un problema.
Hoy parece un privilegio.

Esperamos el colectivo mirando el teléfono.
Vemos series mientras revisamos mensajes.
Escuchamos podcasts mientras caminamos.
Trabajamos con música, cenamos con videos y dormimos mirando una pantalla que supuestamente nos relaja.

El silencio quedó sospechosamente vacío.

Da la impresión de que cualquier instante sin estímulo necesita ser llenado inmediatamente. Como si el cerebro hubiese olvidado cómo quedarse quieto sin sentirse culpable.

Tal vez por eso cada vez cuesta más:

  • leer diez páginas seguidas,
  • mirar por una ventana,
  • caminar sin auriculares,
  • esperar sin desbloquear el teléfono.

La atención empezó a fragmentarse en pequeñas migas de segundos.

Y sin embargo, algunas de las mejores ideas aparecen exactamente ahí:
cuando no pasa demasiado.

En el aburrimiento hay algo incómodo pero fértil.
Una pausa rara donde el pensamiento deja de reaccionar y empieza, lentamente, a divagar.

Quizás por eso las plataformas compiten tan ferozmente por evitarlo.

Porque una persona distraída consume.
Pero una persona aburrida, a veces, piensa.


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